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viernes, 20 de febrero de 2015

El Nonagésimo Noveno Nombre: Asterión y Yo





El Nonagésimo Noveno Nombre:


Asterión y Yo


  por  Damián Nicolás López Dallara

















 



¿Se creerá que a estas escrituras no las perturba un solo diálogo? En esta historia de amor no se cuela ningún beso. El espectáculo es conjuntamente una forzosa propiedad de nuestra Mansión y de nuestra complicidad. Su mayor deseo sería sorprenderme dormido en el suelo de cualquier cuarto. Su furia nunca descansa en las pacíficas fronteras de la compasión. Las paredes de nuestras piezas jamás admitirán garabatos de ningún niño. Y yo quisiera que este albergue no tuviera galerías. El otro que comparte conmigo este retiro, está deseoso por asistir al menos a un sacrificio mientras durase esta afiebrada concubinato. Pues mi Observante revive morbosos erotismos cuando se propagan las hemofilias. Yo -Appolodro Tercero Theoffelia-, fui el encargado para cerrar el xenófobo caso que ningún héroe pudo endilgar en el engañoso itinerario de sus proezas. Pacientemente, el Soberano esperará mis noticias, repiqueteando sus anillados dedos sobre el apoyabrazos del trono. Y si acaso no le llegasen: deducirá que otra vez ha vencido la Bestia.







 

Capítulo II: El Avistamiento























Alguien vive conmigo hace veintiocho años y no sé su nombre. Hombres y mujeres que amparan la existencia de un Universo Único, pondrán en tela de juicio la veracidad de mi historia. Si no fuera porque el recuerdo atestigua a mi favor, señalándome las paredes decoradas con sangre (a veces mía, a veces de la Bestia), yo también pensaría que mi relato no describe el pasado, sino imaginaciones elaboradas por la locura misma. La Mano Divina me ha tocado para que logre sobrevivir a la tragedia, así les advertiría a los otros soldados cuáles son los riesgos de ciertas decisiones que nos hacen intimar con las conductas ermitañas y a cambio nos conceden una poca de sabiduría.
Lo cierto es que deseando conocer aquello que la imaginación no concibe, ávido y ansioso por acabar la obra que (quizás por parecer un arte muy olvidado, quizás por mera cobardía) ningún humano deseaba cumplir, acabé yo una tarde o una noche perdido entre pasadizos bordeados por medianeras y concavidades extensas y ensortijadas, que asilaban en su vacío aguas negras y divisorias. Todas las partes de esta mágica mansión se multiplican por infinito, ya sea un espacio o un tapial, un rincón o una enredadera. Sorprendentes recorridos en espiral sugirieron a mis pasos seguir hacia el fin del camino, pero me supe engañado cuando hallé la miseria y el colapso.
Entre los perpetuos ángulos que alinearon la arquitectura de esta patitiesa vivienda, se esconde una bestia que es hombre y toro en dos mitades desiguales. Cuando lo vi correr hacia mí por primera vez, sufrí de miedo pero más todavía por repulsión. Dos ojos incendiados y dos pupilas de forma continental me alienaron con su radiante insanía y la sed del homicidio.
Creo que pastaba los restos de otro hombre anterior, mientras la gravedad mecía su cabeza como afirmando. Cuando le vi descansando dudé de mi fe al imaginar que nuestro Soberano -vigilante de todas las muertes y todos los nacimientos-, haya centrado, entre los cuerdos y los insanos, una morada tan llamativa para mi tremendo Esperpento. Todo mi valor basado en incontables y decisivas victorias germánicas y anglosajonas, en un instante fue reemplazado por el tremendo respeto que me inspiró tal temeraria visión. Recuerdo ahora que mi primer impacto fue intentar convencerme de estar frente a un espejismo. Creí estar admirando una figura que resultó por mi hambre carnívora y mis semanas errantes. Como el toro que va a embestir, Asterión no dejó de correr en recto, pero adivinando que yo huiría apuntó algunos metros a mi derecha. Ya a salvo de mi muerte, me preguntaría cómo fuera posible que la violenta desproporción que había entre sus distintas anatomías y su mollera, le permitiera ir hacia sus víctimas con una estabilidad tan prudente.

Si los fallecidos en manos de la Bestia conservaran la capacidad del idioma, tal vez le destacarían con mayor admiración los rasgos  mentales antes que los físicos. Mas nadie podrá afirmar con fiel prueba los rituales que aquí describo, y que fueron formando día por día una relación basada, más que en deseos y en citas, en los encuentros accidentales que nos ofrecía el azar y el tiempo inconmensurable, al comienzo o al final de  alguna galería, que al primer vistazo ya me amenazaba con la libertad: o en la sombra angular que recorría lamentablemente los muros de algún rodeo ya casi familiar. No es raro que toda la atención (mía o suya, eso no cambiaría el desenlace de mi historia) de nuestra convivencia fuera degradada a la vigilancia de los movimientos y los sigilos que pudieran entorpecer la desolación de nuestro castillo y que, para acotar algo más a la imagen de su arquitectura, estaba desprovisto de cualquier torre.


















Capítulo IV: El Rey




En esta aldea las montañas del horizonte cambian de ubicación.

Las paredes de mi claustro, de nuevo se acercan hasta la piel de mi cara. Cada camino que intento, me recuerda a los enfrentamientos con la otra bestia cornuda. El monstruo ha sido rebautizado nuevamente:
Uno que está ahí –quizás el Asterión más anciano- no ha parado de gesticular dolores. Quizás el acostumbrarme a escucharlos me haya convencido de que es preciso prestarle atención a todo lo que les pasa, como si la absoluta atención fuera una alerta ingeniosa. Pero tras sus reiterativas quejumbres descubro que nada más son histerias. Había sufrido las infecciones de la suciedad. Lo más curioso es que estas deformaciones desarrollaron la facultad de otro idioma en el griterío de ese Viejito. Una que otra vez me molestó con su extraño acento. Distinguí por fonética la misma palabra en distintos versos. Después sabría que ese Rumiante, se había trabajado un putrefacto vocabulario para incrementar la locura en quienes lo oyeran.
Aunque su agonía me de placer, sería nocivo aclimatarme para observarlo. De buenas a primeras podría resucitar, y aunque su noble razón de toro no quiera me clavaría los navajazos. Pues sé que le gustaría ayudarme para que me vaya de aquí.
Un enemigo se va convirtiendo en el odiado. Pero este rey es la única compañía fiable.  Los Astéridas fueron privilegiados con un mágico don que les permite adentrarse en las voluntades. Hoy desperté y el Rey estaba persiguiendo a una hembra para degollarla. Se enfureció al oírla suplicándole por piedad. Antes de darle muerte la profanó con el inmenso entero, mientras la hembra le advertía su descontento aullando histéricamente. Esa mujer no siempre perteneció a la prole. Ella también habría sido una cortesana. Como el sable del tahalí desenfundó su alarido, que enervó más aún la ira del Mandamás cornudo.
Algunos Asteriones han desarrollaron la capacidad de comunicarse sones mediante. Se dan a entender con articulaciones sonoras que producen ecos en esta profunda aldea.

Ahora es de noche. Poco a poco los Asteriones van desapareciendo. Y aunque sus beleidades ya están listas para desparramarse sobre mi piel, no hay ningún Asterión a la vista. Mi lástima es que no estén, pues al cabo de los siglos hay muchos a quienes me he acostumbrado a odiar. Y a falta de juegos suelo recrearme en los sentimientos absurdos. Sólo el llamado Rey queda como escondido en el mismo lugar que no abandonó jamás.
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Capítulo V: Singularidades





















Alguna vez, en algún rincón cuadrangular, mis recuerdos me pasearon por las numerosas teorías improbables de los aritméticos eruditos que tienen nombres popularísimos en los ambientes más elitistas de la comarca que tal vez no volveré a presenciar. Entre un gran número de imposibilidades, recordé la ciencia de un imaginativo, estudioso de la bóveda celeste y de las estrellas que se lucen más allá de la luna. No quise reflexionar demasiado sobre aquella insulsa extrañeza, que más me pareció haber sido creada para especular con la admiración de la plebe que -ante la importancia de algún renombre-, busca permanentemente identificativos analíticos para entretener a sus alivianados ingenios.
Descarté la teoría aquella tras pocas líneas de análisis. Sin embargo la evidente refutación que se detectaba -igual que se detecta una cacofonía pero que nadie se animó a remarcar-, la dejó orbitando alrededor de mis ya enloquecidos entendimientos, que Asterión me fue desgastando debido a nuestra costumbre de jugar a la persecución. Esta teoría provocó espejismos en aquella otra comarca que ningún vivo más que yo puede ver amanecer. Así, voluntariamente y deseando combatir con la fuerza a la petulancia de los grandiosos, imaginé universos cuyos tiempos corrían hacia el pasado. Imaginé que el final del día estaba en el amanecer. Plagié la conicidad enana de un florero estrellado, recomponiéndose a medida que nuestros relojes solares explayaban su sombra triangular sobre los lustros de los minutos. ¡Y basta ya de ejemplificar mis suposiciones! Ya que nadie que hasta aquí hubiera llegado necesitaría de un solo ejemplo más para dilucidar, con su propia inteligencia, esta repugnancia que les tengo a aquellos filósofos que, aprovechando el triunfo y la gloria, tratan que todos sus inventos y sus retorcidos argumentos (que buscan compensar la falta de creatividades auténticas), alcancen el reconocimiento de toda una generación; e incluso de una civilización entera.
Deduje también que en ese universo de momentos antípodas, la manzana reveladora caería hacia arriba. Ahora quizá me alegre (quizá me aflija) el saber que la mente de los generales utilice, como defensa para sus integridades creaciones tan fáciles que me resultan absurdas. Sí me alegra, porque en unos segundos conseguí abstraerme de mi calabozo sin necesidad de otro instrumento que no sean los mares encrespados de mi propia psicología. Quiere decir que ya estoy empezando a prescindir de mis viejas distracciones (que yo creía indispensables), y en cambio me he acostumbrado a completar mis soledades con el milenario vicio del pensamiento, todavía más antiguo que estos erosionados murallones. Pero por otro lado me he quedado un poco sorprendido, pues para un magno líder es difícilmente asumible que a pesar de tantas pruebas presentadas al Augusto, tantos triunfos que destacaron mi valentía y evidenciaron mi talento guerrero, uno que en otra era ha sido el dirigente de los miles y miles de servidores que han seguido al Soberano, tenga que conformarse ahora con el delirio o la inferencia para cultivar sus horas de sobreviviente y conseguir temporalmente la conservación. Otra cuestión que ocupa los cauces por donde mis ideas circulan, después de descubrir lo absurdo de esa fantasiosa historieta, es que al compararla con las primeras que he tenido al venir aquí, se podría completar en una pregunta: ¿Cómo es que yo -Appolodro Tercero Theoffelia-, relato ahora para mis inferiores e iguales con la misma afinación en el alma con que le hablaría a mi Venerable? Mis conjeturas han ido deslizándose por una vertiente que nace en lo normal y se acaba en lo enfermizo. Y esto no es algo que deba enaltecerme, pues intuyo que, cuanto más excéntrico quedare acabado un suponer, más debe adueñarse de la verdad individual, que aleja nuestras almas del control y de la igualdad. Pese a todo, arriesgándome por enésima vez a la tramposa degeneración voluntaria, si las leyes que gobiernan el paso del tiempo y a las fieles intenciones de la gravedad le respondieran a un Dios en rebeldía y desenvolvieran sus acciones lógicas retrocediendo: ¿Entonces qué sería de Asterión y de mí? Pensé que si nosotros, los que asistimos a ese Solemne, solamente somos una gran sumatoria de reacciones afectivas e intelectuales, entonces en este universo de singularidades (donde la las leyes de la materia son inverosímiles) también lo serían nuestras reacciones ante las observaciones del mundo natural, cotidiano y físico. Así, similar al flujo y el reflujo de los movimientos, serían inversas nuestras conclusiones. Y así también nuestros comportamientos.
Fui tan feliz al considerar este Universo momentáneo que pude haber fallecido a manos de la Bestia y aún mi cara seguiría expresando la apatía, que por primera vez sentí hacia la existencia mortal, pues había yo descubierto un mundo que va más allá de todas las Tierras y todos los calabozos semejantes al encierro donde peleamos día tras día Asterión y yo.
Por un segundo piensen todos los que puedan leerme (si es que acaso alguna vez mis proclamaciones cruzan los límites de este encierro) que existe un planeta donde las cualidades e intenciones son el opuesto de nuestras virtudes y defectos inherentes. Si ahora me encontrara con el Monstruo y su encandilado mirar me ofreciera retroceder: en este mundo de demoradas paredes mi Demonio en lugar de embestirme me sugeriría escapar. En la Gran Mansión donde rumiamos la existencia mi adversario y yo, el Adefesio siempre ha encontrado motivos para perseguirme, para matarme, hostigando con su cornada mis paces y mis esperanzas. Pero en esta fantasía, mi Bestia es benévola y misericordiosa. Me imaginé irrumpiendo en los espacios inamovibles de alguna galería y Asterión me increpaba desde la distancia y corría hacia mí, ya no para descuartizarme, sino para guiarme al pasadizo que acaba alumbrado por los restos inevitables de iluminaciones artificiales, propias del hombre y de los instintos carentes de criminalidad. Y yo en lugar de huir, en lugar de temer los sanguinarios azares que enfrentaban mi cuerpo a sus cabezazos y a sus tremebundas mordidas, me acomodaría en cualquier patiecito y esperaría el acercamiento de Asterión para conversar imaginariamente, pues a pesar de que el idioma es inconciliable con la vulgaridad animal, en este mitológico Universo que había sido engendrado en la Madre Locura por el Padre Vicios, nuestras intenciones habrían sido el opuesto de nuestros deseos omnipresentes. 
Y si acaso es cierto que soy inmortal, viviría para ver empequeñecerse a la casa: hora tras hora las filas de piedra se reducirían, y los muros serían cada día más petizos, hasta que al fin cacofónico los infinitos estorbos de las paredes se convertirían en infinitas salidas al ras del suelo.




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