lunes, 9 de febrero de 2015

Capítulo X: El Inusual Laberinto






C
ada cierto número de días amanezco alejado de todo camino. Como para recordar que todavía no he muerto, parecido a un momificado, observo a mis alrededores esperando atisbar cualquier galería. Cualquier tentativa para moverme es censurada por la evidencia: no existe más que el cielo y que yo. El hábitat en el que me muevo es intrínseco pero no sobreviviría de no existir la tendencia a la dinámica. Por momentos acometiendo, casualmente escapando... a veces temiendo: nunca me han faltado dos pasillos similares para que mis intenciones de huída se debatan entre elegir una pavimentación o una calle de tierra. Tardes completas pensé qué camino era el mejor entre catorce. Como un fantasma entretuve a las insociables galerías noches enteras. Corrí inviernos completos durmiendo únicamente la octava parte de lo común. Pues el galope del Monstruo me alertaba de que la muerte venía para llevarme: no consideraría mis descuidos ni mis necesidades biológicas. Faltaban dos o tres galerías para el final (confieso, a veces deseado), y yo elegiría comenzar otra vez mi escapada en lugar de quedar tumbado en cualquier enlosada.

En cambio ahora ni avanzo ni me defiendo. No hay ningún lugar que yo pudiera elegir para sufrir. El miedo al Demonio fue reemplazado por el de la sed. Pues la ruta que el sol completa es larga e inapelable. Tal vez la Naturaleza me perdone de cuando en cuando con algún temporal. Pero será seguro que mayormente sufra de insolaciones. Una cruel noticia me ha dado mi deducción: pareciera que la Bestia se ha convertido en todo el ecosistema. Pues la furia de su cornada se manifiesta ahora en otra furia que es para mí igual de dañina: la furia de la incertidumbre. Los caminos aún siguen ahí, indistinguibles. Yo puedo imaginar paredones quebrándose en las esquinas rectangulares; y entonces abandonar mi sitio jugando a que aún estoy en el laberinto. Como cuando era un niño, puedo imaginarme que estoy en una aventura y que me arrastro por las galerías enmudecidas, a esta altura ya sufriendo la fiebre que me impuso el sol. Puedo irme corriendo y zigzagueando, garabateando en el arenal intrincados rastros, extendiendo con inútiles recodos imaginarios la dimensión de mi fuga.

Cada vez que despierto en un patio como este, yo siento que mi sueño se ha cumplido, pues me hallo en un sitio absolutamente desolado de cualquier pasillo: un patio cuya única largura implica la impresión del mismo laberinto (el infinito), pero que está desprovisto de esas arquitecturas que a mí y a mi Asterión tanto nos lamentan. Y en cuanto a mi Demonio, él también está allí. El Engendro sólo se ha reemplazado por otro Asterión, más indulgente pero también más ruin. Mis ojos lo ven presente en cualquier dirección que mirasen. A mi derecha, a mi izquierda, hacia mi arriba o hacia mi abajo: pues Asterión se divisa en el cuerpo de la Desesperanza.


II

O
tra vez los pasadizos vienen hasta donde yo estoy sin pedirme permiso alguno. Esta parte de la encerrada es la más engañosa. Asterión aparece pocas veces aquí. Yo preferiría que él estuviera presente para herirme o matarme, pues si nos encontrásemos cuando apenas ingreso a estos pasillos, yo decidiría si retroceder hasta mi galería inmediatamente pasada o -de ser mis ahoras uno de aquellos momentos en los que no soporto la igualdad de lo cotidiano-, entregarme a la muerte a merced de la cornamenta fosilizada que adorna el crepúsculo con un lucimiento reverberante.

El encarcelamiento donde Asterión y yo vemos caducarse un día tras otro, debe parecerse al debate interno que sufre el hombre de conocimiento cuantioso a la hora de decidir: pues si yo tuviera un solo suponer, siempre sabría qué salida tengo al alcance o, en su caso, desistiría de cualquier tentativa o esfuerzo científico para hallar un camino que me guiara a una posible luminiscencia. Pero cuanto más conocimiento completa la biblioteca de mi sabiduría, más he de perderme en debates detallistas de los posibles caminos. Por ejemplo: si yo nunca hubiera curioseado en aquel libro que encapsula a las razas y a la cultura y a la vida en canónicas filosofías, como si todo formara parte de un único y gran Misterio, hoy no existiría en mis adentros ese asunto escrupuloso que interfiere en mis decisiones de suicidarme cuando no hallo la paz que -al ser yo un infante- me han prometido las Eruditas Escuelas, demasiado recomendadas por mis antepasados. O si el infierno fuera mi casa final, a mí no me importaría quedar condenado para siempre a los azotes o a las calderas, o a ambas resignaciones. Pues al fin me evadiría de este rutinario temor imperecedero, que ha residido siempre en elegir un camino equivocado y encontrar en el azar la complicidad de la Bestia que me espera, y sentirme traicionado pero al fin salvado de la continuidad de esta vida incierta, pues inocentemente la casualidad me habrá llevado al último de mis enfrentamientos. El miedo también es una forma de Asterión. Y aunque hasta hoy sólo he tenido magulladuras que las semanas lograron quitarme, de verdad algunos miedos mellan mi valentía, poco a poco pastoreada por cada fracaso mío, cual si fueran murallas de esta vieja mansión raspadas por el pasar de los inviernos. Pues sin que me haya dado cuenta me fui convirtiendo muy despacio, con la influencia de la luna en mi sangre y de los años en mi memoria, en un viviente al que le van quedando cada vez menos horas para lograr su cometido. Y satisfacer así al Monarca Primero.

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