sábado, 7 de febrero de 2015

Capítulo XIII: Yocasta







D
espués de la escalada pendiente conquisté el pico de mi montaña. Mientras allí reposé, contemplaba el angular zigzagueamiento que tenían los pasillos del laberinto, por fin, aterrizado. Distribuyéndose fantásticamente por la llanura reseca, la imperativa y también perpleja visión de las puntiagudas esquinas avergonzó a la planicie blanca de una timorata nevada. Aquí fuera ningún toro me punza, salvo por esos dos que se llaman Verdad y Consciencia.

Decía en otro episodio de otro libro dedicado a otra bestia, que teorías bien ortodoxas alientan a la muerte del Tosco: mas dudo bastante que debamos extinguirle; al menos no por nuestra voluntad. Sí por la Suya. Sé que él también se cansa de tanto escuchar sobre mi rivalidad con los dioses. Ése es un vicio mío del que no puedo desbarrigarme. La culpa de mi adicción por la teología, es un poco también de Él. Pues siempre aprobó mis torcidas suposiciones acerca de las mitologías hebraica y zen. Lo que el Primitivo no sabe, es que hace años dejaron de importarme los textos que fabriqué cuando fui minusválido. Ahora lo atonto hablándole de mi amor. Asterión siempre se puso incómodo cuando pensé en mis amadas. Y aunque le aseguré que tengo lugar de sobra para ambos sentires (la aceptación de su fealdad y la pasión por los cuerpos que vienen a mí) él siente deseos de descuartizar a toda mujer que yo pueda querer. No es para que me ponga muy orgulloso, pero es que él también sufre por mí de celos. Pero creo que más de envidia. Y que si lo pudiera confiese el Monstruo que en lo que va de nuestra convivencia, aunque quise enseñarle a ser un poco más benévolo (do tus des) siempre anduvo desinteresado por los asuntos que le hubieran enseñado algo de tolerancia.

Pasa que el síndrome de Yocasta le afectó mucho. Sus retorcidas lógicas eran que a cuantos más asesinara, más querido sería por los dos reyes. Honraría de paso también al padre. En uno de sus embrujes se le soltó un pensamiento que no quiso fuera oído por los parlantes: Papá era tan lindo y yo tanto deseaba verle. Pero así descuidó sus cosas. Sus costumbres fueron pisoteadas por la indiferencia de los más ricos. Sus sueños desestimados. Y así se fue aislando de todo lo que él amaba: dejó atrás a su madre y a sus hermanastros bovinos, curiosamente Asterión no es pura sangre ni para el campo ni en el palacio, y en cambio ha tenido que soportar la humillación del padrastro corrupto. Muy por debajo del toro estuvieron los personajes y burdos, que no tenían más lógica que la suma. Sólo refiriéndome a él pareciera que nosotros (los dos convivientes) nos reuniéramos en un solo espíritu. Este primitivo se amansa, pues cree que mi mención es obediencia. Pero no me molesta: Asterión me deja en paz un rato para que me regocije en una nueva contemplación de mi vasta y reconocida ciudad.

Cuando me canso de nombrarlo pueden suceder dos cosas: O agradece la atención que le he prestado y se aparta de mi rutina, o yo me convierto en él. Pues quizás siempre hemos sido parte del mismo todo. Por las mañanas y cuando me levanto de la siesta meridional, Asterión últimamente se acostumbró a levantarse conmigo. Y para ser franco, hay días en que me siento feliz por tenerlo de compañero: jugar al arte del control o del desafío mantiene viva a mi consciencia de general. Pues mis rutinas son demasiado rústicas para las virtudes de las que me jacto. Sin que este remate signifique ningún tipo de apología, las mañanas y noches me son sencillas.

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