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viernes, 20 de febrero de 2015

Capítulo II: El Avistamiento























Alguien vive conmigo hace veintiocho años y no sé su nombre. Hombres y mujeres que amparan la existencia de un Universo Único, pondrán en tela de juicio la veracidad de mi historia. Si no fuera porque el recuerdo atestigua a mi favor, señalándome las paredes decoradas con sangre (a veces mía, a veces de la Bestia), yo también pensaría que mi relato no describe el pasado, sino imaginaciones elaboradas por la locura misma. La Mano Divina me ha tocado para que logre sobrevivir a la tragedia, así les advertiría a los otros soldados cuáles son los riesgos de ciertas decisiones que nos hacen intimar con las conductas ermitañas y a cambio nos conceden una poca de sabiduría.
Lo cierto es que deseando conocer aquello que la imaginación no concibe, ávido y ansioso por acabar la obra que (quizás por parecer un arte muy olvidado, quizás por mera cobardía) ningún humano deseaba cumplir, acabé yo una tarde o una noche perdido entre pasadizos bordeados por medianeras y concavidades extensas y ensortijadas, que asilaban en su vacío aguas negras y divisorias. Todas las partes de esta mágica mansión se multiplican por infinito, ya sea un espacio o un tapial, un rincón o una enredadera. Sorprendentes recorridos en espiral sugirieron a mis pasos seguir hacia el fin del camino, pero me supe engañado cuando hallé la miseria y el colapso.
Entre los perpetuos ángulos que alinearon la arquitectura de esta patitiesa vivienda, se esconde una bestia que es hombre y toro en dos mitades desiguales. Cuando lo vi correr hacia mí por primera vez, sufrí de miedo pero más todavía por repulsión. Dos ojos incendiados y dos pupilas de forma continental me alienaron con su radiante insanía y la sed del homicidio.
Creo que pastaba los restos de otro hombre anterior, mientras la gravedad mecía su cabeza como afirmando. Cuando le vi descansando dudé de mi fe al imaginar que nuestro Soberano -vigilante de todas las muertes y todos los nacimientos-, haya centrado, entre los cuerdos y los insanos, una morada tan llamativa para mi tremendo Esperpento. Todo mi valor basado en incontables y decisivas victorias germánicas y anglosajonas, en un instante fue reemplazado por el tremendo respeto que me inspiró tal temeraria visión. Recuerdo ahora que mi primer impacto fue intentar convencerme de estar frente a un espejismo. Creí estar admirando una figura que resultó por mi hambre carnívora y mis semanas errantes. Como el toro que va a embestir, Asterión no dejó de correr en recto, pero adivinando que yo huiría apuntó algunos metros a mi derecha. Ya a salvo de mi muerte, me preguntaría cómo fuera posible que la violenta desproporción que había entre sus distintas anatomías y su mollera, le permitiera ir hacia sus víctimas con una estabilidad tan prudente.

Si los fallecidos en manos de la Bestia conservaran la capacidad del idioma, tal vez le destacarían con mayor admiración los rasgos  mentales antes que los físicos. Mas nadie podrá afirmar con fiel prueba los rituales que aquí describo, y que fueron formando día por día una relación basada, más que en deseos y en citas, en los encuentros accidentales que nos ofrecía el azar y el tiempo inconmensurable, al comienzo o al final de  alguna galería, que al primer vistazo ya me amenazaba con la libertad: o en la sombra angular que recorría lamentablemente los muros de algún rodeo ya casi familiar. No es raro que toda la atención (mía o suya, eso no cambiaría el desenlace de mi historia) de nuestra convivencia fuera degradada a la vigilancia de los movimientos y los sigilos que pudieran entorpecer la desolación de nuestro castillo y que, para acotar algo más a la imagen de su arquitectura, estaba desprovisto de cualquier torre.


















Capítulo V: Singularidades





















Alguna vez, en algún rincón cuadrangular, mis recuerdos me pasearon por las numerosas teorías improbables de los aritméticos eruditos que tienen nombres popularísimos en los ambientes más elitistas de la comarca que tal vez no volveré a presenciar. Entre un gran número de imposibilidades, recordé la ciencia de un imaginativo, estudioso de la bóveda celeste y de las estrellas que se lucen más allá de la luna. No quise reflexionar demasiado sobre aquella insulsa extrañeza, que más me pareció haber sido creada para especular con la admiración de la plebe que -ante la importancia de algún renombre-, busca permanentemente identificativos analíticos para entretener a sus alivianados ingenios.
Descarté la teoría aquella tras pocas líneas de análisis. Sin embargo la evidente refutación que se detectaba -igual que se detecta una cacofonía pero que nadie se animó a remarcar-, la dejó orbitando alrededor de mis ya enloquecidos entendimientos, que Asterión me fue desgastando debido a nuestra costumbre de jugar a la persecución. Esta teoría provocó espejismos en aquella otra comarca que ningún vivo más que yo puede ver amanecer. Así, voluntariamente y deseando combatir con la fuerza a la petulancia de los grandiosos, imaginé universos cuyos tiempos corrían hacia el pasado. Imaginé que el final del día estaba en el amanecer. Plagié la conicidad enana de un florero estrellado, recomponiéndose a medida que nuestros relojes solares explayaban su sombra triangular sobre los lustros de los minutos. ¡Y basta ya de ejemplificar mis suposiciones! Ya que nadie que hasta aquí hubiera llegado necesitaría de un solo ejemplo más para dilucidar, con su propia inteligencia, esta repugnancia que les tengo a aquellos filósofos que, aprovechando el triunfo y la gloria, tratan que todos sus inventos y sus retorcidos argumentos (que buscan compensar la falta de creatividades auténticas), alcancen el reconocimiento de toda una generación; e incluso de una civilización entera.
Deduje también que en ese universo de momentos antípodas, la manzana reveladora caería hacia arriba. Ahora quizá me alegre (quizá me aflija) el saber que la mente de los generales utilice, como defensa para sus integridades creaciones tan fáciles que me resultan absurdas. Sí me alegra, porque en unos segundos conseguí abstraerme de mi calabozo sin necesidad de otro instrumento que no sean los mares encrespados de mi propia psicología. Quiere decir que ya estoy empezando a prescindir de mis viejas distracciones (que yo creía indispensables), y en cambio me he acostumbrado a completar mis soledades con el milenario vicio del pensamiento, todavía más antiguo que estos erosionados murallones. Pero por otro lado me he quedado un poco sorprendido, pues para un magno líder es difícilmente asumible que a pesar de tantas pruebas presentadas al Augusto, tantos triunfos que destacaron mi valentía y evidenciaron mi talento guerrero, uno que en otra era ha sido el dirigente de los miles y miles de servidores que han seguido al Soberano, tenga que conformarse ahora con el delirio o la inferencia para cultivar sus horas de sobreviviente y conseguir temporalmente la conservación. Otra cuestión que ocupa los cauces por donde mis ideas circulan, después de descubrir lo absurdo de esa fantasiosa historieta, es que al compararla con las primeras que he tenido al venir aquí, se podría completar en una pregunta: ¿Cómo es que yo -Appolodro Tercero Theoffelia-, relato ahora para mis inferiores e iguales con la misma afinación en el alma con que le hablaría a mi Venerable? Mis conjeturas han ido deslizándose por una vertiente que nace en lo normal y se acaba en lo enfermizo. Y esto no es algo que deba enaltecerme, pues intuyo que, cuanto más excéntrico quedare acabado un suponer, más debe adueñarse de la verdad individual, que aleja nuestras almas del control y de la igualdad. Pese a todo, arriesgándome por enésima vez a la tramposa degeneración voluntaria, si las leyes que gobiernan el paso del tiempo y a las fieles intenciones de la gravedad le respondieran a un Dios en rebeldía y desenvolvieran sus acciones lógicas retrocediendo: ¿Entonces qué sería de Asterión y de mí? Pensé que si nosotros, los que asistimos a ese Solemne, solamente somos una gran sumatoria de reacciones afectivas e intelectuales, entonces en este universo de singularidades (donde la las leyes de la materia son inverosímiles) también lo serían nuestras reacciones ante las observaciones del mundo natural, cotidiano y físico. Así, similar al flujo y el reflujo de los movimientos, serían inversas nuestras conclusiones. Y así también nuestros comportamientos.
Fui tan feliz al considerar este Universo momentáneo que pude haber fallecido a manos de la Bestia y aún mi cara seguiría expresando la apatía, que por primera vez sentí hacia la existencia mortal, pues había yo descubierto un mundo que va más allá de todas las Tierras y todos los calabozos semejantes al encierro donde peleamos día tras día Asterión y yo.
Por un segundo piensen todos los que puedan leerme (si es que acaso alguna vez mis proclamaciones cruzan los límites de este encierro) que existe un planeta donde las cualidades e intenciones son el opuesto de nuestras virtudes y defectos inherentes. Si ahora me encontrara con el Monstruo y su encandilado mirar me ofreciera retroceder: en este mundo de demoradas paredes mi Demonio en lugar de embestirme me sugeriría escapar. En la Gran Mansión donde rumiamos la existencia mi adversario y yo, el Adefesio siempre ha encontrado motivos para perseguirme, para matarme, hostigando con su cornada mis paces y mis esperanzas. Pero en esta fantasía, mi Bestia es benévola y misericordiosa. Me imaginé irrumpiendo en los espacios inamovibles de alguna galería y Asterión me increpaba desde la distancia y corría hacia mí, ya no para descuartizarme, sino para guiarme al pasadizo que acaba alumbrado por los restos inevitables de iluminaciones artificiales, propias del hombre y de los instintos carentes de criminalidad. Y yo en lugar de huir, en lugar de temer los sanguinarios azares que enfrentaban mi cuerpo a sus cabezazos y a sus tremebundas mordidas, me acomodaría en cualquier patiecito y esperaría el acercamiento de Asterión para conversar imaginariamente, pues a pesar de que el idioma es inconciliable con la vulgaridad animal, en este mitológico Universo que había sido engendrado en la Madre Locura por el Padre Vicios, nuestras intenciones habrían sido el opuesto de nuestros deseos omnipresentes. 
Y si acaso es cierto que soy inmortal, viviría para ver empequeñecerse a la casa: hora tras hora las filas de piedra se reducirían, y los muros serían cada día más petizos, hasta que al fin cacofónico los infinitos estorbos de las paredes se convertirían en infinitas salidas al ras del suelo.




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Capítulo VI: Lo Místico








A pesar de que sospeché todo el tiempo adonde anduvo pastando, en cada paso evité a la Bestia. Todas las carreteras tienen fantasmas; de tanto enfrentarlos me hice un valiente. Si jamás los hubiera visto, si hubiera matado a pocos: ¿Qué hubiera sido de mí?
Ese camino no tiene trampas. Pero aunque en ninguna cartografía se ilustran sus bifurcaciones, yo no sospecho encontrar el riesgo si me aventuro por él. Como si se tratare de una amante que me seduce de a poco, a medida que voy avanzando siento que en el nuevo ámbito aumenta un hogareño perfume que me inspira para mirar en todos sus recovecos. En las paredes de este pasillo se enclaustran puertas secretas, que se abren solamente posando el ojo en la piedra correcta. Caminos atrasados que no completé por vagueza, se quedarán este día sin haber sido vistos. Mis ojos se accidentan en ladrillos que nunca he mirado. Y de golpe el imitante muro se desplaza hacia los costados para tentarme con una entrada obscura que me conducirá a otro perderme. Pero aunque sé que el extravío me espera, en todos los casos una torpe esperanza me convence para que pase abandonando el andar actual. La curiosidad por aquella clase de aventuras se ha hecho más débil con la reincidencia de las estrellas; y un detente ha crecido hasta el alarido desde sus primeros susurros. Desde que estoy aquí, la ruleta de los misterios me premió siempre con el fracaso.
Desde que el laberinto y la Bestia desarraigaron de mi espíritu todo arrojo y me adaptaron a la cautela, siento disgusto pensando que un camino pudiera estar desatascado. En este concentrado embotellamiento de galerías, las decepciones han convencido a mi alma de que tampoco me reencontraré con los vicios que tanto amé. Este mundo ya puede prestidigitalizar delante de mí todos los corredores que quiera: me emocionarán, pero la esperanza de encontrar a los dioses la tendré más en el secreto norte de poner en marcha mi ingenio, antes que en el avanzar por este desierto de enigmas infinitos. ¿Acaso no son lo mismo? Solamente en un minúsculo detalle se diferencian esos dos mundos: en el real la Bestia está fuera mío; en el místico, yo también soy un poco atroz. Si algún día encuentro la rebuscada salida, donde despreocupados me esperan los ciudadanos, será porque primero maté al toro de mis adentros. De vez en cuando soñé con que el Laberinto es sólo un retorcido espejo de mi aún más retorcido espíritu. Y aunque esto no fuera del todo cierto, de un reflexivo escrito salió la prueba de que, con sentimientos odiosos, los humanos construimos graves murallas.
















jueves, 12 de febrero de 2015

Capítulo VIII: La naturaleza del Laberinto



Más que Asterión, a la hora de extirparle libertades a semejantes misterios, lo que me hace fracasar es el pánico de vérmelas con él y tener entonces que sacrificar alguna que otra comodidad (de esas que tengo) al ir errante y despreocupado por las larguras de estos galpones. Varias veces dejo a mitad del tramo cualquier camino emprendido, y otras que son en cantidad superiores, doy por sentado que la Bestia me estará esperando a los pocos pasos de la entrada o a los pocos de la salida.

A pesar de los ataques nocturnos y septentrionales, yo sé que en lo profundo él necesita sentir que mi espíritu rebose en la plenitud, pues su alimento han de ser las cosas divinas. ¿Sino cómo es que yo -un luchador que ha padecido las pestes más rigurosas-, voy sufriendo el desgarro de mis entrañas y él -Asterión, el Destructivo- amén de nuestra inanición se sostiene tan erguida y decentemente? Costaría esfuerzo para cualquier observante decir que nos estamos distribuyendo la misma ergástula, siendo el uno emblema de los hombres, siendo el otro moraleja de los demonios. Además “el suponer” que se nutre de las distintas áureas mortales, es el único argumento que yo detecto para interpretar por qué será que calcula el poder de sus impactos y de la reacción de mis sangres. Pues pareciera que todo este jugar a la batalla, todas mis sanaciones, y todas las victorias que me llevaré de recuerdo (si es que alguna vez hallo el corredor que me conduzca a la liberación) han sido planeadas no por mí, no por Dios, no por el Azar... Sino por mi Matador: el Agresivo. Por eso mismo yo -el Segundo Héroe, no vayamos a olvidar que antes que todos mi Soberano es el primero-, considero poco probable que mi supervivencia estuviera fundamentada en mi suerte o en mi voluntad o en mi capacidad de combatir o de matar.

Supongamos que alguna vez encuentro esa sombra que me rescata de la incandescencia solar amarilla. Entonces Asterión viene hasta mí para ensangrentar los muros sin cuadros o el suelo cuantioso. Y pareciera que no se fija si la sangre es Suya o es mía. Creo que la Bestia medita desde antes todos nuestros encuentros y planea también su victoria y la puntada que ha de hacerme su cornamenta. Así ya sabrá cuándo embestirme de nuevo o cuándo buscarme, con el fin de protagonizar una contienda digna de su fortaleza.

Otro apadrinamiento benigno que le debo a mis afortunados azares, es la naturaleza del laberinto: confusa pero a la vez indulgente. Al igual que nuestra Mansión, en cada corredor se perpetúa una virtud ambidiestra, que puede otorgar al visitante la redención o la desdicha. Si este Diablo se esconde en las sombras trigonométricas de la hora del ocaso, quien como el ladrón perseguido tropiece con mi Vigía, probablemente hallará la muerte o, por lo menos, una infelicidad que le durará lo que dura el dolor del apasionado topetazo. Pero si se le examina con atenta fe, cuando la Bestia se ausenta, los suelos visitados son curativos. Mi metabolismo es privilegiado en cuanto a su capacidad para sanarse. Atribuyo esta cualidad formidable a mi suerte de elegir pasadizos correctos. En nuestros enfrentamientos he perdido tres veces el volumen total de mi sangre sin que mi Ejecutor derrame un diezmo de la suya.

Pero en general la mayoría de las contiendas han sido imaginarias. El fantasioso poder que provoca esta alucinación viene del Damnificante, mi Corruptor. O quizás, y para restarle culpa a Asterión, estos espejismos que vienen y se marchan de las animadas rutas de mi conciencia, sean el último tributo de un pequeño resquicio sobreviviente de la esquizofrenia que logré extirpar de mis adentros para venir aquí, en busca de mi redención y de Su degüello, a fin de empaparme con el Nonagésimo Noveno Nombre.

La Bestia se ha aprovechado de mis tantísimos métodos razonables -de mi condición lógica por así decirlo-, y la ha sabido utilizar como una segunda cornamenta que arremete en contra de mí. Aún hoy, que las circunstancias me han puesto a salvo de mi Atacante, atravieso los pasillos de mi privado laberinto (pues aquí sólo hay espacio para uno), sumido en la  paranoia. Por eso será que después de las inmemorables embestidas, sanadas en inmemorables corredores, en todo sitio me acompaña su fantasma y se me hace difícil el cautiverio, pues casi no puedo descifrar cuál es el Asterión verdadero, o cuál el producto de mi acostumbramiento a su dañina embestida.







Capítulo IX: El Magnánimo












A
dmito que tras casi treinta cumpleaños (si tomásemos como referencia el calendario cristiano), tal como se enamoran secuestrador y secuestrado, ambos pueblerinos de este máximo condado, morbosamente nos fuimos enamorando de esta amenaza, debido a que el hábito de la visión se acostumbra redundantemente a las imágenes más despreciables.

Multiplicándose en mi recuerdo, Asterión ha optado por sembrar su talante en todos los caminos de este planeta, que ya es para mí un Universo a nuestra altura y también a la altura de nuestras culpas. Cuando la noche activa las aletargadas cuestiones de mi consciencia, se me da por suponer que la Bestia es al mismo tiempo mi mundo, mi asesino y mi enfermedad. Y será tal vez mi camino liberador.

Días antes he hecho una corta crónica de sus virtudes mentales. Cuando se fatiga de trotar y golpetear las paredes carcomidas por los elementos universales, Asterión utiliza sus dones macabros para vencer al enemigo.

Aquí destaco la otra virtud que en los hombres carece y en los animales abunda: la perseverancia.

Durante la noche absoluta o el día prometedor, aunque sean las veces menos contadas, cuando la Bestia percibe que no podrá ganarme en el cuerpo a cuerpo, le da rienda a sus engañosas virtudes espirituales, y como si fueran propiedades del mismo laberinto, este Demonio encuentra (mediante el uso de una inteligencia muy superior a la mía), un plan para enviarme de nuevo lejos de aquí.
Con el último sol comienzo a notar que las corrientes de mis caminos cambiaron brutamente el sentido. Es la Bestia, con el fin de martirizar el ánimo de quienes hubieran profanado la quietud de esta legendaria edificación, que más pareciera un templo sagrado para el que bien la viera. Si nadie patrullara por aquí, salvo la gran mole de músculos y carnes que reina sobre esta propiedad religiosa e inexpugnable, una serenidad traicionera incubaría en la complicación donde he pasado mis últimos veintiocho años.

Hubo contiendas en las que finalicé muy malherido. ¡Y cuánta sabiduría habita en la precaución de este Gobernante! Pues prefiriendo que yo me sintiera endeudado, una gentileza tuvo Asterión conmigo en los años que yo he vivido en esta casa que debido al engaño engorda su dimensión: agonizante entre mi sangre derramada y mis alientos hediondos, Él no me ha rematado. Ya sea que me necesita con vida para algo más de lo que sospecho, ya sea que -igual a mí- el Sádico haya descubierto cómo sentir cariño por un competidor que le desprecia, ya que me prefiere viviendo para jugar al defensor de la casa y al usurpador que viene de las afueras, ya sea para demostrarme una vez más que es Él quien decide mi muerte o mi pábulo, o ya sea por todo lo escrito aquí, en mi agonía Asterión no remató al turista que le incomodaba en sus propios dominios. Quizás también para que en la prolongación de nuestra convivencia, yo no pudiera hacer otra cosa más que huir sin atreverme a dañarlo. Pues mi naturaleza alberga la desventaja de ser un agradecido. Por eso es que me da mi tiempo para recuperar los alientos. Desde que estoy aquí (tal vez veintiocho años, ya lo he contado), mi vida se resume en copiosos descansos para sanarme de las próvidas embestidas; así mi alma se acostumbra a resistir próximas seguidillas de crucifixiones a manos de su cornamenta estriada. Para confesar ante el Juez –si lo hubiera- cierto sadismo, mi subsistencia también necesita un poco las heridas que me deja su encornadura. Miles de reiteraciones inútiles, leídas en epopéyicos párrafos religiosos, han logrado corregir subliminalmente a mi corazón para que yo fuese más indulgente a la hora de hablar del delincuente y del asesino. Esto no me concedió nada fructífero. ¡Y eso que yo esperaba la misma magia, el mismo poder, que utiliza Quien nos dirige!

Si no tuviera la fe tan soldada a la idea misericordiosa de que la Bestia goza de un favor probatorio (es cruel pues ha crecido entre los feroces), ya hace mucho tiempo que por la vía intangible de mis oraciones habría empezado a rogarle a nuestro Rey que engendrase un hermano para que le degüelle, vedándole de todos sus derechos naturales con una sesga bendita. Por lo demás, sé que sin tales humillaciones sentiría que mi vida ha sido tan ordinaria como la de cualquier víctima. Si mis carnes no fueran capaces de abstraer tantos abusos, quizás hubiera militado como buen soldado al mando de otro Appolodro Tercero Theoffelia: Y de seguro que estos párrafos preventores habrían sido encomendados a la perspicacia de otro valiente que tuviese bastante coraje para sazonar su normalidad con este singular viaje. Es extraño, pero si me quedase quieto, Asterión nunca me atacaría y yo podría vivir aquí para siempre. Pero a mi primera marchada, a mi primer intento de matarlo o de huir, encontraré a la Bestia como si fuera un siamés fantasma que nunca se ha separado de mí. Y yo no tendré oportunidad para desligarme de la ya fastidiosa tarea que se compone de seguir ratoneando por estos rebeldes caminos.

Adivinando mis pensamientos, Asterión se aleja de los caminos cerrados y, sin intervenciones ni estorbos mas sí con el necesario ingenio, me invita a fisgonear por los callejos asolados. Después de mis sin salidas, cuando mi ilusión de libertad es ahogada por un una tapiada al final del pasillo, yo me detengo y lo pienso sonriente, como quien se frota sus manos planificando la desgracia de su adversario o de su contrincante. Si un mago o un brujo... o un semidiós, fuese capaz de vislumbrar toda esta tierra de un solo miramiento, y notara el cínico juego en que los dos incurrimos, juzgaría a nuestra vida de ridícula e improductiva y fatua, al ver cómo se desperdician los días y las noches en la persecución y en la paranoia.

Yo desearía que nuestra cotidianeidad no tuviese hábitos tan sólidos, así un buen día todo acabaría de una feliz vez; entonces Asterión y yo sucumbiríamos encima de las ensombrecidas o iluminadas baldosas. Las murallas de nuestra casa, los tapiales y medianeras, se derrumbarían para la soledad póstuma. Los arroyos divisorios serían un hidromuseo de los cascotes y los escombros. Pues no me parece que nadie después de nosotros dos se interesare nunca jamás por la dignidad de esta desperdiciada arquitectura europea.

Hoy Asterión se apropia de todos los corredores. Yo ya lo había intuido, y nunca sentí tanta desdicha como ahora por haber supuesto con verosimilitud. Asterión es muchos. Entonces yo me convierto súbita e inexorablemente en la Bestia que me esclaviza a padecer el encierro. Pareciera que estoy viviendo en una rutina teatral, donde una sola Bestia va luchando contra millones de voluntades que intentan, finalmente, desmembrarle. Los miles de Asteriones, la Bestia Única. Asterión... Yo. Todo lo recapitulado sería, más que para sumar las armas mentales de mi Verdugo, para advertir de una amenaza que amedrentará a las civilizaciones pensantes aún por nacer.

Una última descripción de su metabolismo inteligente ilustrará (para quien confíe en mi palabra) las inequidades con que la Justicia prepara el juego de la vida:

Como si cometiera un pecado, como si yo me hubiera resignado a los artículos incognoscibles de (siempre hablando del Criminal) su justicia básica y de ello dependiera la salvación o la punición de mi alma, Asterión corrige en mi mente mis pensamientos y mis palabras con severidad calumniadora. Recordándome siempre que le debo la vida, Asterión se aferra a sus pequeños y grandes aciertos para anular mis expectativas y especulaciones, haciéndome sentir responsable de nuestra despiadada convivencia. Ignoro lo que habrá hecho o en qué magia residirá su poder, pero aún cuando se aleja siento que a corta distancia vigila mis circulaciones, físicas o cerebrales. Ahora sé que no importará cuánto tiempo distancie nuestra separación, yo viviré para siempre soportando, ya no la brutalidad de sus embestidas, sino el pánico de que en algún momento tornara. Mientras vivamos juntos tengo decidido fingir las aprobaciones de sus actos, pues ya que la Justicia me sentenció desde antes de haber nacido a una cotidianeidad tan extraordinaria, opto por calmar la furia de Asterión con mis silencios y mis poesías. Para no endiablar aún más lo extraño de nuestra relación, de momento sólo me quedaré en un rincón y observaré sus pateadas. Quién lo sabe, quizá me guíen hasta la libertad. Porque aunque él demuestra felicidad en la labor de custodiar este laberinto, sé que ninguna vida, por más calabozos que haya arañado a través de los siglos, renunciaría a su anhelo de normalidad. Suponiendo que estoy aquí con el fin de acrisolar mis intenciones y rectificar mis pensamientos, las incontables derrotas que ha sufrido mi orgullo reformaron mis egocentrismos para servir al prójimo, enseñando con mi ejemplo las consecuencias que atrae la repetida desobediencia de Su Doctrina.