sábado, 7 de febrero de 2015

Capítulo XIV: Como una baba cayendo






P
ero los libros sabios desapercibieron una ecuación más: Una vez que se apagan los cantos del pájaro del desierto, la presencia del Cornudo es novelesca. Como si el plácido arrullo le hiciera cambiar de propósito y yo nunca hubiese pisado en su establo, Asterión galopa despreocupado. Como si desde siempre hubiera sido familia mía, me vigila pero con pena. Me observa crepitando como las ramas de un joven arce entregadas a la función de la brisa. En esos magistrales momentos entiende mi desventaja. Y una inusual compasión le da la orden para desentenderse de mí. Sus ojitos de búfalo me dijeron que una desubicada piedad le dirige su recorrido hacia una oportuna esquina que absorbe el camino antes de que me topetee. Y al menos por ese día se le concede una tregua a la fijada cita con Appolodro.

Aquí oscurece bastante tarde. A que los días sean tan largos se agradece la ausencia de los horizontes. Así también se apresuran los amaneceres. Si Pan tuviese algún monte para el rebaño, si los perímetros que circundan nuestro calabozo estuviesen caminados por una cadena de Annapurnas, el alba tardaría unos centímetros más en darnos la luz.

Los días no siempre despiertan a la misma hora. Esto lo intuyen los gallos que vagabundean en las aldeas inalcanzables. Entre los dos equinoccios el canto está separado por dos o tres horas. Y aquí, que no hay faunas que tengan la voz esposada al matemático metabolismo del Universo, cada vez que lo vaticina la hora, el rayo primero únicamente encuentra un rígido obstáculo en la fachada del Mausoleo. Si mi casa tuviese cimientos en la cara expuesta que nos ofrece la luna, de vez en cuando me asomaría por la ventana de mi aún desordenada pieza para ver un espectáculo tan exclusivo como lo es la piel ambigua de mi Acompañante. Pues cuando Selena se duerme a eso del mediodía, yo entre legañas curiosearía lo que está sucediendo en Creta. El paisaje surrealista francamente sería conmovedor. La fantástica alborada desdoblaría al laberinto sobre los campos yermos y se alargaría en una sombra piramidal que sería capaz de tocar el oeste del mundo. Pero la masa que envuelve al núcleo de este planeta en un paquete sin lacito, no es lo bastante gigante como para que las luces y las sombras queden pegadas sobre su esférico piso. Pero antes de toda aquella ilustrativa fábula que yo les estoy contando, entre el sol y las paredes del Laberinto, sobre la Tierra se dilataría, como baba que está cayendo, la figura de un joven alado se estiraba sobre el suelo de la planicie.






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