viernes, 20 de febrero de 2015

El Nonagésimo Noveno Nombre: Asterión y Yo





El Nonagésimo Noveno Nombre:


Asterión y Yo


  por  Damián Nicolás López Dallara

















 



¿Se creerá que a estas escrituras no las perturba un solo diálogo? En esta historia de amor no se cuela ningún beso. El espectáculo es conjuntamente una forzosa propiedad de nuestra Mansión y de nuestra complicidad. Su mayor deseo sería sorprenderme dormido en el suelo de cualquier cuarto. Su furia nunca descansa en las pacíficas fronteras de la compasión. Las paredes de nuestras piezas jamás admitirán garabatos de ningún niño. Y yo quisiera que este albergue no tuviera galerías. El otro que comparte conmigo este retiro, está deseoso por asistir al menos a un sacrificio mientras durase esta afiebrada concubinato. Pues mi Observante revive morbosos erotismos cuando se propagan las hemofilias. Yo -Appolodro Tercero Theoffelia-, fui el encargado para cerrar el xenófobo caso que ningún héroe pudo endilgar en el engañoso itinerario de sus proezas. Pacientemente, el Soberano esperará mis noticias, repiqueteando sus anillados dedos sobre el apoyabrazos del trono. Y si acaso no le llegasen: deducirá que otra vez ha vencido la Bestia.







 

Capítulo I: Designios




 


A
demás de controlar el espacio, la Bestia maneja la percepción de quienes usurpan la quietud de esta milenaria arquitectura, a la que los inteligentes y los eruditos han bautizado con un nombre que pretende imitar las dimensiones de lo divino: "Laberintos".





Tras consumir largos años enriqueciendo la mente con las ciencias y las sabidurías de los semidioses y de los ángeles, uno acaba por preguntarse si la vida es azarosa o se extiende en complejos brazos de tiempo, preteritamente meditados desde la Eternidad. El director de estas tierras nunca deja conocer a sus tributarios los secretos de tal proceder o de tales magias. Pero en lo particular, creo que hasta en la coincidencia existe cierto orden, con el que nos vamos topando gracias a leyes todavía desconocidas (o quizás negadas) para el entendimiento mortal. De ser real un orden para cada hecho de la vida, tal consigna debió haber sido premeditada por el dueño de esta comarca. Conozco un poco sobre algunas teorías para que al fin se aclaren las lógicas de viejas magias, de viejos misticismos, relacionados con el poder espiritual de cada hombre: relacionados con el deseo de asemejarse a nuestro Redentor.

Todo entendimiento capaz de reconocer el nombre de Dios, deberá proferir primero las noventa y nueve partes conocidas del Malo. Hasta estos días corre un mito (de al menos ya veinte siglos) que promete en increíble prosa una esperanza para los hombres que codician la beatitud:

Quien tolere el martirio que involucra articular por noventa y nueve veces a la desgracia, habrá desarrollado sus facultades hasta el indiferenciable punto en que se confundan con las de nuestro Único Soberano.





Al mismo tiempo que la razón va evocando una por una las cualidades del mal, el alma se descorrompe. No todos los hombres nacieron preparados para servir al Magnánimo. Únicamente aquellos tan hábiles y de fuerte virtud, serán dignos de ser llamados devotos. Mi naturaleza es curiosa, mi origen incierto. Nunca he necesitado rendir cuentas por mis actos a ninguno; tampoco he nacido con la urgencia de honrar las carencias de mis antepasados. Desde que aprendí a mantenerme, mi independencia se solventó con trabajos que me fastidiaron muy pronto. Tanto el forjar espadas a la luz de la humillante fragua como fustigando a las cuadrúpedas bestias de los carruajes reales, los he tomado como si fueran ofensas que insultaban a mi intelecto. A la hora del arancel, pocas veces no me sentí explotado. Desde los castigadores cultivos hasta las refinadas fundiciones en la orfebrería: no hubo ninguna ocupación que desarrollase completamente mi entrega. Por supuesto, al principio cumplí con todos mis cometidos incentivado por una incipiente emoción. Durante la primera semana yo fui el más veloz eslabonando colgantinas de plata y oro. Tampoco en los fríos campos de la política anduve mucho. Y aunque en esa hipócrita profesión duré más años que en las demás, al poco ya me había cansado de los debates. Puesto que los cerebrales caminos que acaban en la razón se agotan muy pronto.

Tal vez por toda esa frustración fue que quise agitar la cotidianeidad de mi vida buscando lo inexplorado. El mundo tiene muchos Reyes, mas yo me decidí servirle al Único Monarca, ése que sostiene sobre sus desmedidos lomos las abstractas vigas de toda esta impresionante bóveda celeste, para ganarme así Su preferencia y también gozar de Su protección. Pues mi aldea se ha convertido en un poblado inseguro desde hace ya mucho tiempo. ¿Citaré también que un día mi fama conmovió hasta la misericordia al Único Rey? Aquella vez, por el ruego de la grey, nuestro Soberano perdonó del merecido escarmiento a mi alma. Pero puedo asegurar que aquello solamente me lo toleró por saber muy bien que todos nosotros vivimos condenados a un infierno en común, pero nuestros sentidos terrestres lo disimulan como esperanzador. También por sentir que le debía un servicio me vi un poco obligado a pagarle aquella gentileza. Pensé que mi Rey, tan querido por los miles de pobladores que se bambolean hacia aquí y hacia allá en este mundo de razas heterogéneas, era merecedor de que al menos alguno de sus feligreses sacrificara su insignificancia, con el rebuscado fin de convertirse en un portador de las revelaciones que santifican a los espíritus, o en pos de dar con algún sumo conocimiento que engendrase cierta doctrina conciliadora, para que al fin se unifiquen todas las comarcas, todas las dinastías, que navegaron alguna vez por las heroicas rutas atemporales y que compusieron el total de las edades históricas de nuestros ciclos terrícolas.
 
Así fue que quise arriesgarme a culminar la empresa más peligrosa que nuestra Majestad nos había sugerido (o quizás, endosado) examinar a los comarquinos de estos endiablados territorios, y que se ha quedado pendiente entre las labores humanas, más o menos durante dos mil años. Sin oponerme ni saltearlos, me fui enfrentando a todos y cada uno de los dolores reconocidos por el Planeta. Sufrimientos que se dilataron entre los dos equinoccios, derrocaron súbitamente a mis bienestares y me persiguieron a todas las ciudades por nueve misteriosos años, sembrando en mi corazón el resentimiento y la infelicidad. Luego, donde estuviera, la soledad sería un buen partidario mío.

Pero aún entonces no enloquecí. Pude nombrar la esquizofrenia, la lujuria y la envidia; dolores y patologías intentaron sin éxito desaparecerme. Decenas de venenosas plagas y putrefacciones contaminaron a mi alma sin que yo estuviera preparado para la sanación. Todos han sido excelentes adversarios; su fantasmal corazón, digno de mis mejores espadas. Pero ninguno ha sobrevivido a mi tenacidad o soberbia. Me familiaricé con toda la enfermedad para asumirla y, luego de proferir sus variantes nombres, eliminarla.

Pero aún no he logrado matar al último enemigo que precede a la conquista de mi misión. Me ha traído hasta aquí el asombroso mito, templado en la antigua leyenda que cinco sabios nos revelaron:

Quien presencie su muerte podrá leer en las estrellas el Nonagésimo Noveno Nombre, Sustantivo indispensable para merecer el primer nombre del Bien, que encierra el mismo poder del Monarca Primero.



Capítulo II: El Avistamiento























Alguien vive conmigo hace veintiocho años y no sé su nombre. Hombres y mujeres que amparan la existencia de un Universo Único, pondrán en tela de juicio la veracidad de mi historia. Si no fuera porque el recuerdo atestigua a mi favor, señalándome las paredes decoradas con sangre (a veces mía, a veces de la Bestia), yo también pensaría que mi relato no describe el pasado, sino imaginaciones elaboradas por la locura misma. La Mano Divina me ha tocado para que logre sobrevivir a la tragedia, así les advertiría a los otros soldados cuáles son los riesgos de ciertas decisiones que nos hacen intimar con las conductas ermitañas y a cambio nos conceden una poca de sabiduría.
Lo cierto es que deseando conocer aquello que la imaginación no concibe, ávido y ansioso por acabar la obra que (quizás por parecer un arte muy olvidado, quizás por mera cobardía) ningún humano deseaba cumplir, acabé yo una tarde o una noche perdido entre pasadizos bordeados por medianeras y concavidades extensas y ensortijadas, que asilaban en su vacío aguas negras y divisorias. Todas las partes de esta mágica mansión se multiplican por infinito, ya sea un espacio o un tapial, un rincón o una enredadera. Sorprendentes recorridos en espiral sugirieron a mis pasos seguir hacia el fin del camino, pero me supe engañado cuando hallé la miseria y el colapso.
Entre los perpetuos ángulos que alinearon la arquitectura de esta patitiesa vivienda, se esconde una bestia que es hombre y toro en dos mitades desiguales. Cuando lo vi correr hacia mí por primera vez, sufrí de miedo pero más todavía por repulsión. Dos ojos incendiados y dos pupilas de forma continental me alienaron con su radiante insanía y la sed del homicidio.
Creo que pastaba los restos de otro hombre anterior, mientras la gravedad mecía su cabeza como afirmando. Cuando le vi descansando dudé de mi fe al imaginar que nuestro Soberano -vigilante de todas las muertes y todos los nacimientos-, haya centrado, entre los cuerdos y los insanos, una morada tan llamativa para mi tremendo Esperpento. Todo mi valor basado en incontables y decisivas victorias germánicas y anglosajonas, en un instante fue reemplazado por el tremendo respeto que me inspiró tal temeraria visión. Recuerdo ahora que mi primer impacto fue intentar convencerme de estar frente a un espejismo. Creí estar admirando una figura que resultó por mi hambre carnívora y mis semanas errantes. Como el toro que va a embestir, Asterión no dejó de correr en recto, pero adivinando que yo huiría apuntó algunos metros a mi derecha. Ya a salvo de mi muerte, me preguntaría cómo fuera posible que la violenta desproporción que había entre sus distintas anatomías y su mollera, le permitiera ir hacia sus víctimas con una estabilidad tan prudente.

Si los fallecidos en manos de la Bestia conservaran la capacidad del idioma, tal vez le destacarían con mayor admiración los rasgos  mentales antes que los físicos. Mas nadie podrá afirmar con fiel prueba los rituales que aquí describo, y que fueron formando día por día una relación basada, más que en deseos y en citas, en los encuentros accidentales que nos ofrecía el azar y el tiempo inconmensurable, al comienzo o al final de  alguna galería, que al primer vistazo ya me amenazaba con la libertad: o en la sombra angular que recorría lamentablemente los muros de algún rodeo ya casi familiar. No es raro que toda la atención (mía o suya, eso no cambiaría el desenlace de mi historia) de nuestra convivencia fuera degradada a la vigilancia de los movimientos y los sigilos que pudieran entorpecer la desolación de nuestro castillo y que, para acotar algo más a la imagen de su arquitectura, estaba desprovisto de cualquier torre.


















Capítulo III: La Leyenda


















Superando estrategias que debido a su complejidad han justificado el capricho de Dios (poblar el Planeta con inteligentes), la Bestia merodea el encierro mientras ingenia planes sobrehumanos no solamente para desarraigarme, sino para que mi defunción sea un lema que advierta a los demás osados cuán peligroso es querer competir contra los poderes de nuestro Predilecto.
La diversión de Asterión es adivinar los pasadizos que yo elegiría y adelantárseme por las noches: Ya a los pocos días del claustro me acostumbré a negar mi primera elección y decidirme sobre la marcha por un camino impensado. De esta manera, Asterión permite inteligentemente que sólo me pierda en los corredores que ya conozco. Como si quisiera acobardarme demostrándome que su ingenio es más cosa de los héroes que de las bestias, como adivinando mis deseos (los generales también gozamos de esa virtud, aunque la eliminemos de nuestra comunicación), Asterión despuebla los dominios que ya han oído la acústica de mis pasos y con el ingenio me invita a vagarlos sin intervenciones ni estorbos. ¡Ay, si los dioses le vieran agazapado en la entrada de los corredores que conducen al espacio abierto! Y así me sugiere con la indeferencia a proyectarme en las galerías que desembocan en mis fracasos. Y mimetizándose con la misma arena que espera el rayo lunar, paciente e invisible acecha los aires ensordecidos para sorprenderme con su mortífero abrazo: si es que acaso algún día doy con la bendición que me conducirá a la infinita luz salvadora, que rescata a los vivos de las penumbras.
Tengo un camino que ya varias veces he intentado sin el reconocimiento de la victoria. Cada tanto, mis pasos agotan esta superficie con el sólo propósito de sentirme poderoso ante la insolencia de estos tapiales que nos rodean. Aquí mis escrituras demostrarán el punto que mi vanidosa precisión consideraba expresar: Este camino es insalubre; Asterión lo sabe y jamás derrochará un día completo en esconderse tras la oscuridad de sus recorridos ensombrecidos a causa de las horas meridionales. Este otro Soldado de las Oscuridades, me aguardará pacientemente, ya sea en las grandes grietas que el tiempo le proporcionó a estas bastardas murallas, ya en los rincones que tienen la propiedad de vestir con el camuflaje a los visitantes: ya fueran un hombre, un inmortal o el mismo Asterión. Su Inteligencia solucionará el deseo del homicidio, adornando con la desolación cualquier corredor que me guíe a la muerte o, lo que sería igual (considerando el ámbito siniestro donde convivimos), a la locura.
En cambio existe otro camino que sería un brazo (entre un total de infinitos) de la libertad. Aquí durante el sol Asterión desafía al cansancio, durante la luna yace Asterión. Las cantidades de las ofensivas o de los sorpresivos asaltos me han hecho sospechar que la Bestia no es un solo Asterión, mas se encuentra multiplicado a la largo y a lo ancho de las galerías.
Sólo con una rebuscada imaginación pude una noche justificar el por qué de tantas apariciones, siendo que todas las sabidurías del reino sumadas a mis estudios catedráticos y religiosos, a todas mis teorías independientes, prometieron que la Bestia es única, primogénita. Los hombres nacieron con una peligrosa soberbia que exige a su sensatez dar un origen para todas las cosas. De ahí que cinco antiguos tramaron sin ningún cimiento una Generalidad que acabó por mucho tiempo con cualquier duda lógica. Pero ello era más porque aún el tiempo no se había encargado de evolucionar las conciencias. Quizás fue por esta suposición que yo también conjeturé, basado en el recuerdo de una de mis teorías favoritas, el estorbo de infinitos Asteriones.
En lugar de elegir desde un principio el arte de las invasiones y de las hostilidades, pensé equivocadamente en invertir dos o tres años de mi juventud en conocer las fórmulas que hasta ese momento gobernaban en las opiniones del Universo o del mundo mismo. Claro, en ese tiempo pensaba yo que tendría a la perpetuidad como una de mis particularidades; si tuviese la oportunidad de reformar mi historia, de seguro eliminaría aquellas noches de investigaciones fútiles. Mejor hubiese dicho: “inútiles”, porque hoy otras verdades las han expulsado de mis anotaciones internas. El resto de aquellos años son unas pocas memorias, donde se diferencian nauseabundos hechiceros que me confiaron la receta de sus brebajes criminales. Me explicaban las propiedades de los ángeles, de las bestias y del corazón humano: 


Se sabe –me decían- que los animales feroces carecen de ingenios más que para sobrevivir. Su arte es nacer, extender su linaje y morir. Pero la Evolución ha creado una camada de fieras malignas que duplican su corpulencia doblándose en los espejos o en los arroyos. Y tal cual fuera una entidad respirante, su reflejo cobra la vida y se proyecta en el mundo de los luchadores para colonizar territorios y destronar a los emperadores. No se hacen de prisioneros ni tampoco humillan con la esclavitud a quienes derrotan. Su instinto más débil se iguala con la inteligencia más sobresaliente. No experimentan metabolismos. Tienen a la eternidad como aliado, y consideran enemigos a todos los diferentes. Bautizados Los Astéridas, se les conoce una virtud que asegurará a su estirpe la proyección en el futuro del mundo: Tal cual se vieran en espejos o ríos o mares, miles se materializarán del recuerdo de los hombres que les mirasen.